lunes, 2 de abril de 2018

Encuentra un bienintencionado y conocerás el mal.


Bienintencionado: Persona que tiene buena intención en lo que hace o dice.

Existe un inmenso río humano que cree cabalgar a caballo del amor, de la bondad, de la corrección: los bienintencionados. Personas que creen, sin más, que si todos fuésemos buenos, el mundo sería un lugar mejor porque el mal desaparecería. Estos/as tipos/as, producto de una mente estúpida e infantiloide, tienen como seña de identidad lo políticamente correcto, que todo se arregla a través de la educación que ellos han otorgado. Son seres en busca de referentes, de mesías que les muestren las verdades de la vida. “Tienen que dar ejemplo a los niños”, dicen, como si vivir tu propia vida no fuese más que suficiente. Ahora tendrás que enfrentarte al microscopio universal. Son personajes que, independientemente de su nivel adquisitivo, educacional, de su palabrería y buenas maneras, entienden una sola forma de ver las cosas: la que su moral ha copiado. Son individuos divisores entre el yo y los otros, creyentes en el ganador y perdedor, como si existiesen. Son mentes enfermizas, peligrosas, tontos en potencia, convencidos de que en ellos no existe una pizca de maldad porque serían incapaces de matar una mosca, que se deleitan y subliman con amaneceres y atardeceres, con fotos de cachorritos haciendo monerías, que visten a sus mascotas y se atreven a aconsejarte sin que nadie les haya pedido opinión. Están convencidos de su buenismo y la importancia de su intención. Pero claro, ahí viene el problema, en el caso de los otros la intención no es la misma. Pareciera que, el hada madrina ha bajado con su varita mágica estigmatizándonos con el mal y la sinrazón. Son, estos buenos humanos, no solo irrespetuosos y entrometidos, sino letales y la mismísima encarnación del mal. Porque ¿qué es, acaso, esa búsqueda intensiva de referentes? ¿No indica su bajo nivel de autoestima o escasez de inteligencia?. ¿Se creen los representantes de la humanidad? ¿Que necesitamos ser salvados por su verdad y razón? ¿Que el resto del mundo no piensa, siente o padece?¿Que nos levantamos urdiendo planes maléficos? ¿Qué pasa si me interesa un pijo lo que piensan? ¿Soy el mal? Y tú, sí, tú, el que se está dando por aludido al leer ésto. ¿Sabes que Belcebú tiene tu aspecto? ¿Crees que porque seas corto de entendederas, lo es el resto del mundo? ¡Qué coño sabrás de sus vidas, conocimientos, razones y motivaciones! ¿Crees que con un “ay, lo siento” se arregla tu maldad y el dolor que infliges a los que, simplemente, viven y dejan vivir? ¿Que los cachorritos engañan a alguien? ¿Que tu activismo ególatra sirve para algo más que para esa engreída conciencia tuya? Se da lo que se necesita, no lo que se quiere. ¿Por qué no te encarcelan o multan esas leyes que tanto buscas para los otros? Porque amigo, eres un puñetero cáncer, además de idiota ¿Te has preguntado cómo detectarías algo si no tienes con qué compararlo?
Y es que el bienintencionado es incapaz de ver el mundo como algo diverso e igual, extraño y conocido, anecdótico y continuo, celestial e infernal a la vez. El mundo es grande y pequeño, alto y bajo, bueno y malo, gordo y flaco, negro y blanco y de colores por inventar. Y que lo bueno y lo malo son un mismo caramelo del que mejor no alardear, no vaya a ser que te caiga toda la mierda encima porque le ha jodido la vida a alguien, tu buena intención.


viernes, 30 de marzo de 2018

Háblame del mar, marinero.



Sinceramente, lo que digan, hagan o entiendan los Vargas Llosa de la vida, me importa lo mismo que el orinal bajo la cama. ¿Asqueroso? sí, pero producto de un tiempo que huele a lo que porta. Requesones en tiempo de caducidad. Lees a algunos profesores con doctorado en ética - dicen ellos- y entiendes que los títulos y masters se los dan a cualquiera. Hace tiempo que sé que un título es un papelito amarillo que pegas a tu frente para recordar que estudiaste. Algo de qué presumir ante las/os chatis de turno o rellenar el apartado bibliográfico de facebook, porque un cerebro permeable no es para quien quiere, sino para quien puede. Y es que la universidad debería convertirse en el cajero automático de un parking. Me gustan estos profes, pero me gustan mucho más sus seguidores porque el seguidismo es así: intolerante con la gota rebotona. De nada sirve la ley de la gravedad o la física o la matemática o la filosofía, el seguidismo es la ideología de "lo que diga la rubia" y a ver si con suerte, me la tiro. Es difícil ver más allá de la etiqueta o el precio de las cosas, complicado entender que las instrucciones personales vienen en diferentes idiomas y, mucho más enrevesado, aceptar que la pequeñez de tu mundo no puede extrapolarse al resto. ¿Qué pido? Que me olviden, que no existo.

Una novica del 16


Nací con el nombre de Dina Villaviciosa, en 1552. Mi padre, d. Sebastián Villaviciosa, sustentaba el noble oficio de escribiente, encargado de nominar la extensa camada caballar del marqués d. Amaro de Provenza y Perpignan. Mi madre, doña Manuela María de las Mercedes Iglesias de Villaviciosa, nos mantenía sanos y a salvo de los peligros de la tierra a mi hermano menor y a mí. Sus desvelos se iban en procurar una educación refinada para ambos, acorde con nuestras necesidades futuras: el femenino bordado y clavicordio, y la muy masculina espada y duelo a pistola. A pesar de su corta edad, Sebastián, mi hermano, mostraba gran habilidad con cualquier arma que tuviese a mano. Muchachos de edad mucho más avanzada a la suya, rehuían su presencia y, por lo tanto la mía, por lo que mi casamiento se esperaba tardío. Mi buen padre, queriendo hacer un hombre de provecho de él, lo llevó consigo para ver si aprendía algo del oficio o el muy atento y nobilísimo d. Amaro, le encontraba acomodo como aprendiz de algo. Fue en 1568, aquel aciago día de marzo y bajo un cielo amenazante, cuando el inquieto Sebastián azuzaba y perseguía, espada en ristre, a la yegua favorita marqués. En un arrebato insólito, se acercó a nuestro airado progenitor y le asestó una estocada en el pecho, tal y como le había enseñado el maestro de esgrima, los jueves de 9 a 11. Una ejecución perfecta, ángulo y profundidad exactas, que apenas produjeron sangrado al desdichado. La mala suerte hizo que su cuerpo cayera de bruces en el estercolero de la parte de atrás. Allí permaneció su cuerpo hasta que d. Amaro, haciendo gala de su inconmensurable humanidad, ordenó levantar y adecentar el cadáver para un maravilloso y emotivo sepelio.
Al faltarnos padre y ser mi hermano reprendido por el hecho, el sustento comenzó a hacerse dificultoso así que, mi madre,no sin antes solicitar el consentimiento del, aunque menor, “pater familias”, organizó mi ingreso en el convento de la asturiana vecindad de Onís. Me adapté bien al lugar, las hermanas eran limpias, organizadas y el hedor a moho y humanidad, soportable. Debía ayudar en todo lo que me pidiesen y, a cambio, podía continuar avanzando en la educación que toda señorita debería poseer. Pero pronto comencé a notar un pequeño deterioro en mi salud: un pitido auditivo incesante en la parte derecha, sonido que terminó por esfumarse cuando el tímpano brilló por su ausencia. Decían las hermanas que eran simples problemas de conexión, que no tenía el cuerpo en sintonía con nuestro señor. Es posible, pensé, ya que siempre se me ha dado fatal coordinar dial con emisora tragandome cuanta algarada de rojazos, moriscos, calvinistas o guaraníes enveneadores de flechas ocurría. Menos mal que la radio no la inventarían hasta 4 siglos después, si no sería un sinvivir mayor que el de Santa Teresa, esa mujer.
Aquella inquietud mía, aquel malestar, hube de confesarlo a nuestro idem d. Ferreolo, tataratataratataranieto, aunque idéntico a aquel obispo mártir francés, cuyo consejo no comprendí en su magnitud por mi incapacidad auditiva; también a mi buen Sebastián, que a pesar de sus inagotables labores con el noble d. Amaro, continuaba contestando mis cartas en su labor de tutor; al contable del convento, hombre sabio y leído y, por lo tanto, conocedor de los pecados de la carne y el alma. Ninguno supo aconsejarme. Decidí hablar, entonces, con la madre superiora y ella, más sensible a nuestras necesidades, escribió al médico general. Calculando el día de recogida de la misiva, el tiempo de traslado de la misma y contando que el caballero se pusiese en camino de inmediato, calculamos que tardaría no menos de tres meses. Me conminó, no obstante, a imitar a Sor Teo padecedora del mismo mal pero del oído contrario: tapar el bueno para que el malo espabilara.
Sor Teo fue la primera compañera que encontré al ingresar en el noviciado. Ciertamente, me llamó la atención su mano derecha extendida a lo alto, mientras tapaba con el índice el oído izquierdo, pero dado mi grado de ignorancia, pensé podía ser una costumbre de aquellas que estaban en cocinas, parecerse a una tetera. Era una mujer seca, enjuta, cuyo vello facial mantenía una perfección geométrica. Comenzando bajo una oreja, bajaba por la mejilla para volver a subir y circundar el labio superior, bajando nuevamente y terminar en la oreja contraria. Daba igual qué perfil mostrase, era totalmente simétrico. A pesar de su gesto árido, adiviné su único diente frontal cuando sor Adoración le hizo saber que formaríamos pareja. Dormiríamos en la misma celda, iríamos a maitines, al rosario, al coro, a las tareas… dejaría de ser una tetera y nos convertiríamos en un trofeo, la Copa del Señor.
Era una tarea dura, cansada mantener el puño izquierdo levantado para meter el pulgar en el orificio derecho. Sin embargo, era mucho más descansado que alzarlo y extenderlo como hacía mi compañera pero, como repetía la madre, en el sacrificio está la santidad, y así me mantuve firme. Creo que aquello hizo que ganase la admiración de las enclaustradas ya que me premiaron con el título de sor antes de tiempo. Sor Dina y Sor Teo, el Copón Bendito. En la mesa, estábamos obligadas a colocarnos en los extremos, una frente a otra, en una especie de efecto espejo, para importunar lo menos posible al resto del claustro. El acomodo en el coro fue más problemático, ya que nuestros codos incordiaban en cualquier lugar. Terminaron por sentarnos en la primera fila, esperando que aprendiésemos la lectura labial pero, como buenas melómanas, preferíamos disfrutar de la música con los ojos cerrados, apoyando una cabeza contra la otra, gozando de la paz interior que aquello nos suponía. La directora creyó que el deleite sería mayor en los jardines, leyendo los evangelios, eximiéndonos del encierro para liberar nuestra mente. Parecía que ocurriría lo mismo en los maitines del domingo, cuando el confesor sorprendía con su sermón y nuestros brazos alzados, lo contrariaban. Sor Teo, con esa sabiduría que da la edad, decidió que debíamos sentarnos en primera fila y gritar “¡Aleluya!” cada vez que se acercaba un acto de contrición. Tanta devoción pareció regocijar a todos y enseguida se convirtió en la seña de identidad del lugar. Con oración, puño izquierdo en ristre, mano derecha al viento y la seguridad que confiere la absoluta sordera , se sucedieron los meses siguientes, sin que nada supiésemos del galeno.
Entre nosotras no había palabras, aquel mal común nos unía más que el amor al Santísimo pero de la misma manera que el roce hace el cariño, el exceso lo espanta y, transcurrido un tiempo, comenzaron las desavenencias. El evangelio era nuestra mayor conexión mundana. Apoyado el libro en el regazo de mi compañera, yo pasaba las páginas. Sus ojos se cansaban, al igual que sus piernas y mis dedos iban más rápido de lo debido, dejándola con la miel en los labios de tan emotiva lectura. La mañana en que apareció, por fín, el ayudante de doctor, yo portaba el libro y ella pasaba páginas con tal parsimonia que mi interés se dirigía al sol de la mañana, los primeros brotes florares, la llegada de las golondrinas, los cabellos de aquel efebo que se nos acercaba. Frente a nosotras, movía brazos y labios sin parar mientras mi nerviosismo sonreía y respondía “por supuesto”, “de acuerdo”, “muy bien” a lo que fuese que estuviese diciendo. En un momento de lucidez me incorporé y bajé los brazos, ambos, para estupor de mi antigua mitad que, entre alaridos, fue en busca de la autoridad. Era tan bella aquella voz, tan profunda como la vibración del órgano que el padre Nicanor tañía en los ocasos sabatinos. Concluí que aquel ser, aquel rostro frente al mío no podía ser otro que el del arcángel Gabriel que anunciaba el advenimiento de mi curación.
Durante 4 días nos observó, nos estudió, rozó aquellos sedosos cabellos por mis mejillas, hombros, espalda. Me habló del mundo de fuera, de las misiones, de la pirámide social sujeta al negro de las rodillas. Durante 4 días consentí, me sometí al ponderado conocimiento de la medicina que no cesaba de repetir: “estás curada, estás curada”. Partió al quinto, con el alba, como buen arcángel, dejando cierto recelo en la congregación sobre nuestra sanación. Se manifestó el milagro al noveno mes de su partida, cuando escuchaba, por ambos oídos, el llanto de Gabriel Villaviciosa de Onís, conquistador y precursor, años más tarde, del trueque de flechas enveneadas guaraníes por rosarios.

Volando voy, volando vengo. Por el camino, me entretengo


Dicen por ahí, las gentes que saben, que hay lugares de mierda con gente de mierda. Dicen, los humanos con ojos, que lo único que merece la pena es la mierda.

1.-Nace
Nada más bajar del avión, encontramos un animal defecando en pleno aeropuerto. “¡Mira, qué bien. No todo va a ser Polinesia!” comenta Juan Juan, mientras un operario se afana en espantar al bicho y esconder el regalito en alguna esquina. Lugares no le faltan, todo sea dicho. Es lo que ocurre cuando llegas a un aeródromo sin el marchamo “internacional”. Aunque, aparentemente, todo aparezca impoluto y estemos en un páramo de tierra rojiza, apesta a orines y descomposición. “Es el olor de las especias”, dice Erik. En la puerta nos espera el chófer y traductor, un adán con sandalias y pies negros (natural) cuya piel es del mismo color de la tierra. Ojos rasgados, pelo azabache, extiende el brazo derecho con la mano repleta comida. Dudamos entre si nos da la bienvenida, invita a comer o es una alegoría ideológica. Erik, avezado en mil batallas, sujeta su codo y lo abraza. Hammed esboza una sonrisa más negra que sus pies y nos lleva al 4×4. No tarda en aparecer la tan cacareada magia de la India, tan sólo debemos cargar el maletamen para que se convierta en un 0x4, sin más espacio que para conductor y acompañante. ¡Menos mal que aprobamos funambulismo y aquel curso de 4 horas de supervivencia! Ahora sabremos qué hacer cuando el Zippo, con el que el conductor enciende sus múltiples cigarros, contacte con el combustible. En cualquier momento, si en el hedor a gasolina nos basamos. Juan Juan me muestra el aire acondicionado, menos mal, pero debo dar media vuelta a mi cuerpo y ver al techo o lo que de él queda. Ahora es cuando entiendo el apartado “cierra la boca” del curso de supervivencia. En el hotel, todo es amplio: habitaciones, cama, armario, olores, bichos… y hasta el agua caliente. Llaman repetidamente a la puerta. “Espabila, el chófer se ha fumado todo lo fumable. Sólo le queda el coche” y, sin atar las botas, apuro escaleras abajo para ver otra preciosa vaca pastando en el pequeño basurero cercano. Me pregunto si tendrán nombre. “¡Malditas especias. Añoro el ajo!” y comenzamos la aventura. Si algo une al mundo no son el amor ni la mierda, son las carreteras de montaña: polvo en espiral. Torbellinos de tierra que generas al entrar y te vas encontrando continuamente hasta la cima. Estoy convencida de que Led Zeppelin compuso su famosa canción en una de estas. Tengo el culo cuadrado, sudo todo lo fumable por Hammed y el pelo, empapado hace unos minutos, se ha mimetizado con el paisaje.
Mastico el polvo, huelo gasoil, me duele el tuétano y observo… Dios, es una cordillera.

2.- Crece
Podría zambullirme en este cielo para nadar entre montañas y pueblos. Convertirme en foca, nutria o ballena jugueteando en la calma azul. Un bicho marino en el Himalaya saltando de pico en pico, de templo en templo, de olor en olor, de traje en traje, de suciedad en suciedad. Si alguien creó la belleza, lo hizo aquí. Si los idiomas, aquí también. Si el culto, emana de las piedras. Todo empieza y termina en este hormiguero inmundo de niños desarrapados, hombres desdentados y mujeres muertas. Es el hogar de la pobreza, del olvido, del hambre, pero también de la vida que, tozuda, se abre camino de espaldas a cualquier gobierno, de forma idéntica a como él se muestra. Es una guerra sorda, ciega y muda que todos saben y nadie reconoce. La guerra de las guerras, la universal.
Salimos de la prosperidad para llegar a este basurero militarizado. Apenas se ven pero se escuchan, aunque a nadie parece importarle. Ocurre con todos los territorios, demasiadas fronteras que terminan convirtiéndose en engendros mayores que sus habitantes. ¡Qué más da! Mil millones y naciendo. Más de los necesarios.
Me he acostumbrado al olor de las “especias”, a los colgajos de carne picoteados por las moscas, a la gente en cuclillas, a ver más vacas que perros, al pan fresco. Paseo por pasajes imposibles, puertas para enanos que semejan túneles. Calles de dos casas. Casas sin gente, gente sin casa. Pasajes intransitables con sumideros impolutos. El centro es turístico, urbano, antiguo, adoquinado hasta el linde, donde la tierra se lo come todo. Y la cordillera. Parece un espejismo. Son dos mundos, tres, cuatro caras imposibles, inconexas si no fuese por la gente. Caras con surcos, risas de bocas peladas y templos, templos y más templos. Religiones que conviven o malviven o desviven. Azules, rojos, dorados y millones de hormigas de colores. Lujo y miseria. Pequeñez y grandiosidad. Muchedumbre y soledad. Dios santo ¡qué mierda de lugar! y, sin embargo…

3.- Se desarrolla.
Nos acercamos a la región de Changthang, cerca de la antes frontera tibetana y ahora China, para contemplar uno de los mayores lagos de altura del mundo: Pongong Tso (4.200m). Sorteamos bloqueos de carreteras, bloqueos militares, bloqueos de bloqueos y mucho santuario para un solo buda. Por el camino, recogemos al lama Tathagata, un rolex sujeto a voto de pobreza, por eso camina. Habla un inglés perfecto, de Cambrige, dice, como sus modales. No hay sufrimiento en su abierta sonrisa, todo lo contrario. A pesar de la túnica y la calva, es un muchacho lustroso y saludable del que esperas aroma a Loewe y manicura. “Este viene de arriba”, masculla Erik, “pero estoy con los de abajo”, replica él y, aclaradas las procedencias, nos viene al pelo porque vamos en la misma dirección. Esperamos que nos dejen ir más allá de Merak, último bastión para turistas, ya que el maldito lago tuvo la mala idea de compartir fronteras. No entiendo esta manía que les ha entrado a los lagos, últimamente. Nos habla de los Changpa, pastores nómadas originarios del Tíbet  que gracias a la meseta que lo une con Cachemira, han llegado aquí desde el siglo VIII. Pastorean yaks, cabras normales y el tesoro: una cabra de finísimo y suave pelo llamada pashmina. Y, de golpe, me encuentro en Siberia con los Nenets. Han cambiado las latitudes, los animales… nada más.
Tener un lama con labia es uno de esos lujos asiáticos. Es mejor que un sereno, que un pasaporte, que un salvoconducto, que google maps, que un libro de salmos. Nos habla de la migración que, desde 1960 se ha ido produciendo en el Tíbet, de los cambios “democráticos” que ha instaurado Tenzin Ghyatso (actual Dalai Lama) desde su destierro. Ahora, por fín, puede ser visto a los ojos, hablable o tocable sin castigo. Me resulta curioso el concepto “voto de pobreza” de los lamas y no hablo de la chocita de 1000 m del Dalai, sino del lama de a pie. ¡Se parecen tanto al d. Benito de mi barrio…! Ay, perdón, que los lamas son guays, son budistas.
Finalmente, tras hablar con policías fronterizos, revisarnos hasta los zapatos, guardar lo valioso en nuestras zonas más pecaminosas, firmar un permiso de 4 días y 100 k a mayores, vemos los primeros rebos (tiendas de lana de yak). Nos presentan a Karma Kinchen, el goba o anciano de la comunidad Changpan (5 familias), que se desbaba besando la mano de nuestro “lipstick” o lama particular. Cuento 5 rebos para 5 familias y me llaman la atención 6 más pequeñitos. “Para la impureza femenina”, me contesta Hammed.  La circunferencia terráquea, no es baladí.
Anochece pronto en la montaña. El silencio desaparece entre balidos y el chisporroteo del fuego. En el centro de la roba, Tenzin, el pequeñajo de la familia, lo aviva para la cena. Su madre sonríe, su padre le enseña y los dos mayores no nos quitan ojo. El lago, que pronto se helará, se inunda ahora de aromas y preguntas.  Comeremos, dormiremos, ayudaremos  a Thokmay y su familia a empaquetar el género para el trueque de pasado mañana: leche, queso y mantas.

4.- Muere.
Hoy es fiesta, no porque mañana volvamos a casa. Toca. De todas partes acuden a la llamada del templo. Una fiesta esperada, señalada en el mental calendario de la gente. La tradición, la única riqueza del que nada tiene. Las ropas mejores, las caras limpias, los pelos mojados como escupidos y repeinados. Sí, también los dos y medio de este padre al que su chiquillería alcanza, entre carreras y risas, que vuelven a la madre, más retrasada, mientras lame al benjamín envuelto en un colorido pañuelo. Abren los puestos callejeros, por decenas, y todo son olores y humos. Carne, pescado, pan, bebidas… algo que podría ser cerveza pero en nada se parece, como les ocurre a los amigos de Hammed: lavaditos y contentos. Nos invitan pero esperamos. Buscamos a Thokmay, que ha quedado para vender el lujoso hilo a la asociación de Leh. “Se hace tarde”, dice Hammed, “la transacción puede tardar horas” y, con la esperanza de verlos más tarde, nos vamos involucrando en la algarabía.
La diferencia la marca el suelo empedrado, doscientos metros más adelante. Camino terroso= normalidad, adoquín= jolgorio. Entramos en el teatro. Los desarrapados, los desdentados, los enfermos están saludandos y saludables.Se acabaron los problemas. En la plaza han construido gradas para el acomodo popular, insuficiente. Hasta aquí se hacen notar las categorías. Los próceres bajo palio, como es menester. Intentamos pasar inadvertidos, mezclarnos entre el gentío pero nuestro blanco nuclear es más ostentoso que las armas de los policías que circundan el lugar. Hombres y niños, delante. Mujeres y niñas, detrás y a un lado. Fanfarrias y baile, voces de asombro, música, colorido, máscaras. Aparece Tenzin por la izquierda y se sienta delante. En las manos lleva un atado de algo comestible mientras sus padres se nos acercan. “No ha sido un buen año, la pashmina china está acabando con el mercado. Quizás, en primavera, encuentre trabajo aquí. No merece la pena esta vida y los niños se hacen mayores”

Cosas de niños


Yo también fui niña, lo juro por la eucaristía que mordí en silencio para que mi madre no se enterase. Había muchas teorías sobre si morder era pecado o no, porque el cuerpo de cristo, por lo visto, sí podía ser chupado pero no mordido. Debía ser por la duración aunque aquello no aguantara ni un minuto en la boca. Un bluf, vamos.
En casa, de un total de 50 metros cuadrados, había algún que otro pequeño problema: papi era ateo y republicano, mami franquista y más devota que la iglesia misma, y la economía…, inexistente. Comenzaron a tener hijos e hijos sin tener muy claro qué hacer con ellos, lo que hoy llamaríamos una paternidad irresponsable y antes tenía el nombre de vivir al día. Comenzamos siendo seis pero quedamos 4, los otros dos llegaron, respiraron y palmaron. No había demasiado oxígeno en aquel lugar, tampoco camas. La cosa es que fui la tercera y única fémina del cuadro. ¿Pecata minuta? bueno, creo que eso también me hizo ser como soy. Había dos consignas: “No se habla de casa” y “Los secretos son pecado” y así, en aquella contradicción, evolucionó mi infancia. No puedo hablar de felicidad, tampoco de lo contrario, pero sí de desubicación.
Jugaba con niños, con cosas de niños, pero no pertenecía ni se me aceptaba como niño, tenía bragas. Jugaba con niñas, con cosas de niñas, pero no pertenecía ni me identificaba con ser mamá o hija obediente, jugaba a ser la hija que se iba de casa y eso, me acarreaba algún que otro insulto. Era demasiado niño. Imagino que me adapté pronto a la soledad, a la incomprensión, al rechazo de verme igual entre distintos, al no tener con quien hablar y fue lo que puso la semilla a una inquietud latente y sin nombre. Pese a todo, se podía decir de mí que era “tranquila” aunque miedosa e insegura. Me daba terror la oscuridad, el monstruo que vivía tras la puerta del portal y esperaba a salir al bajar la basura, por eso corría al bajar y subía de tres en tres las escaleras.
No había tiempo para encender la luz, no era lo suficientemente fuerte para enfrentarlo si se le ocurría salir antes de tocar el interruptor. Quizás por todo ello o por lo que fuese, me encantaba la luna. La rutina siempre era la misma: bajar a toda leche, tirar la bolsa para que cayese donde cayese y pegar la espalda a la pared del edificio mientras hablaba con ella. Sé que le contaba cosas, vocal o mentalmente, y ella sonreía. Iluminaba y sonreía. A veces, incluso contestaba en aquella lengua nuestra que nadie entendía y, cuando me calmaba, respiraba profundo y tiraba escaleras arriba como si no hubiese un mañana. Luego, lavar las manos, poner el pijama y a la cama. Recuerdo soñar con volar sobre el edificio, con caminar por el tejado (cosa que hice años más tarde gracias a un hueco en la buhardilla) con correr, escapar y no avanzar, con estar en clase y tener ganas de hacer pis, pero como estaba tan oscuro no encontrar el baño y despertarme muerta de frío.
Cuando ocurría ésto odiaba a mi madre y sus gritos. Odiaba a aquel dios acusica y castigador que negaría mis peticiones a los Reyes Magos, pero no contaba con que, en navidad, venían mis tías, las extranjeras (entonces, León o Asturias me parecían lugares lejanísimos e inalcanzables) Eran rubias, enlacadas, bien olientes, esponjosas, de caras brillantes y pocos hijos. Existía para mis tías, me preguntaban, me escuchaban, me sonreían, me acariciaban y hasta respondían “qué mona es”. La felicidad llegaba en navidad, siempre por navidad, la única época en que mi madre sonreía. Traían turrón, bombones, cosas ricas, regalos, paquetes envueltos en papel de fuera, con objetos de fuera y debió ser ahí cuando el tándem Fuera=Bueno, se instaló definitivamente.
Me gustaba el colegio, los profesores me trataban bien y sacaba buenas notas. Aunque el director fuese un maltratador de niños, conmigo era amable. Me hacía llamar, en el mes de mayo, para cantar a la Virgen María por megafonía interna. “Tienes una voz angelical”, decía, pero el tiempo se vengó cambiando al ángel por la oca. Era un energúmeno barbudo y gordo, altísimo y bien posicionado socialmente (eso, lo supe después, claro) al que mi madre trataba como a sus santos, rogándole. Por eso tuve clases particulares de inglés y francés, clases avanzadas gratuitas que me impartían de 6 a 8. Me fastidiaba quedarme cuando todos se iban a casa pero, como contraprestación, merendaba rico y hablaba de lo que me gustaba. En la pared del despacho del director, allí nos quedábamos, había un mapa mundi enorme. Thomas, que así se llamaba mi profe de inglés, me hablaba de la colonización británica mientras ponía chinchetitas de colores: Estados Unidos, Canadá, La India, Ghana, Botswuana, Lesoto, Kenia, Niger, Brunei, Birmania, Australia… mil lugares, alrededor del mundo, donde poder hablar inglés.
Lo mismo hacía Charo, la de francés, un amor de mujer que me adoptó como hermana, al intuirme tan sola como ella. Preguntaba mucho y escuchaba más. Me prestaba libros preciosos, me contaba sus viajes y su vida en Francia y me decía que, aquellos lugares salvajes, eran para mí. Tenía continentes completos para alejarme de hermanos, de padres, de familias, convertirme en una tía extranjera y rubia para traer regalos por navidad. Debía, quería, ansiaba tener un mapa de aquellos en casa y claro, vino de Asturias la siguiente navidad.
A los 10 años, comencé a parlotear en la mesa. Hablaba de Japón, del Sahara, de las Galápagos…algo que fastidiaba a mi madre y hermanos. El único que parecía interesado era mi padre, así que no callaba hasta que no hubiese enfado de la superiora y esperaba hasta la hora del paseo con él, las 4 de la tarde de sábados y domingos. Empezamos a ampliar el horario a las mañanas del fin de semana, también. Recorríamos la ciudad y él me contaba la historia de la familia. Me enseñaba los edificios firmados por el abuelo, las fuentes, las estatuas y me decía que podría hacer lo que quisiera, que yo sí podría ser quien quisiera, casarme con quien quisiera que no fuese negro. “Va a ser difícil, papá”, le respondía siempre, “el mundo está lleno de negros”. “¡Y blancos!”, protestaba él. “Bueno, a lo mejor, ni me caso”, concluí.
Aprendí a querer a mi padre,mucho, en aquellas conversaciones secretas, por sus confesiones y contradiciones, por su machismo, racismo y dolor que adiviné años después, porque mostró que le importaba y puso un minúsculo granito de arena cuando debió. Quise a mi padre cuando aquel “bullebulle” mío se hizo insostenible y quitó la llave de una puerta encerrojada y empapelada de santos. Lo odié después, durante la adolescencia, al abandonarme cuando cualquier víbora todavía se me comía, cuando dejé de temer a la oscuridad, aunque allí siguiese. Lo odié cuando no sabía por donde tirar ni a quién preguntar, cuando creyó que yo era poderosa. A ella, para mi suerte, le pasó lo mismo que a mi infancia, fue desapareciendo y sustituida por cualquiera que proporcionase un guiño, por minúsculo que fuese. Ahora, no es recordada ni con afecto ni con odio, tan sólo es pasado.

Hablemos del gobierno





Pese a lo que pueda parecer, no tengo intención de hacer un discurso incendiario o mostrar erudición alguna sobre política nacional, internacional o zarandajas varias. Soy de las que caminan y pagan impuestos -se me rompen las botas solas- Soy de las que va al super más barato y controla gastos para llegar a fin de mes. Tan sólo, estoy harta.

Me cansa, me agota, me cabrea, me duelen las vísceras al escuchar que este, otro o el de más allá gobiernos del mundo van a hacer no sé qué por la población. Creo que, a estas alturas del partido, ninguno deberíamos esperar nada de ellos. Y no es que sea más lista que nadie, es la tozudez del ladrillo. Ya lo dijo el maraviglioso del Kennedy, aquel al que hicieron santo tras asesinarlo: “No preguntes qué puede hacer el país por tí, pregúntate qué puedes hacer tú por él”. ¿Alguien lo quiere más claro?

Estamos exhaustos de escuchar promesas y ver resultados. Agotados de creer tener la miel en los labios y no llegue, de esperanzas vanas, de buenos para nada, de que nada cambie por los siglos de los siglos. Amén. Yo, por lo menos, ya ni me escandalizo de la chulería, de la necedad, de la impertinencia y asquerosidad del poder, aunque sí me duela nuestro infantilismo.

Supimos pronto que había algo más fuerte e importante que nosotros: la naturaleza y nos agrupamos para sobrevivir. Luego nos dimos normas, elegimos a los más capacitados, a los más espabilados para negociar, que hablasen en nuestro nombre, de la misma forma que confiamos en el médico para que nos cure, en el profesor para que nos enseñe o en la costurera para que nos vista. Cambiamos el trueque por la moneda, el campo por la ciudad, la vida por el trabajo. Ya estábamos perdiendo, sin saberlo. O tal vez sí lo sabíamos pero no importaba perder si lo conseguido compensaba. Llega un momento en que ya nada puede compensar el abuso, el ninguneo, el despotismo, la manipulación. Me he hartado de que un estamento sea más importante que quienes lo componen, que un estado sea más importante que sus habitantes. Llegará el momento en que el territorio sea un páramo o alguien dragará el océano de cadáveres porque no pueden circular las mercancías. Perdimos el partido. Dicen algunos que con la caída del muro de Berlín, cuando la URSS dejó de existir. Yo creo que lo perdimos mucho antes, que aquellos eran más de lo mismo pero teníamos la esperanza de que no. Nos vendieron que el pueblo unido jamás será vencido. Creímos pero, ¡ay!, se nos adelantaron creando un mundo global. Se unieron, ellos, los del poder, los que nos venden cristalitos a precio de oro, los que decían que el trabajo nos hacía libres y no esclavos, los que soflamaban justicia para todos y nos ponían coches, casas, lujos alcanzables a un módico precio para dejar de llamarnos pobres y ser clase media. Y en la medianía nos quedamos. Tragando mierda, eso sí, pero medianamente. Y comenzamos a lerdear, a decir “ay, pobre gente” a aquellos que veíamos por la tele y creíamos estaban peor que nosotros. Ilusos, buenos, creyentes, tontos… póngase ustedes el calificativo. Y nos venden la democracia como panacea, que todos somos iguales en el mundo, que cuentan contigo para formar un espacio mejor, más justo, más seguro… Estoy cansada de tanta venta. No tengo manos, dinero, vida para tanto oprobio, para tanta cosa .

He comenzado a verlos, a los distintos gobiernos, como los extras de alguna película  esperando hacer méritos para que les den una escena con frase. Un puestito, que poner el careto cuatro años seguidos bien lo merece ¿no? Y ya no hablemos de los demócratas de por vida, de los partidos y  los partidarios. Y se visten de pana, de comprensión, de tí, de pájaro carpintero para salir en los papeles. Y se dicen de izquierdas o derechas, que no se qué de la transparencia… como si el dinero tuviese ideología, como si el capital fuese a repartirse, como si fuese solidario, igualitario, transparente. Si conociéramos su cara, podríamos actuar, y lo saben.Y se reúnen para ver cuándo se reunirán para discutir la reunión que tendrá lugar cuando se reúnan por segunda vez por el problema del hambre. Y así, entre reunión y reunión, se acaba el hambre por incomparecencia del muerto. Que somos más de lo productivo. Y tras la reunión llegan a acuerdos y hacen proclamas y se dan las manos y firman tratados y se comprometen a cumplir lo que saben incumplirán y ven a la cámara y nos lo cuentan. Y crean organismos y organismos y más organismos que se encarguen de que se cumpla lo que se incumple, que tampoco se cumple con el organismo y que ni el organismo cumple. Y pagamos impuestos  y más y más para mantener los organismos que organizará como vamos a pagar impuestos. Y acabarán con los paraísos fiscales mientras los rellenan de pasta, con las guerras mientras la industria crece y venden los excedentes a los muertos de hambre. ¡Qué más dará, si ya están muertos!. Acabarán con la enfermedad y las epidemias mientras se blindan a las farmacéuticas y la luz y el agua y los alimentos y la tierra y la luna y ,ahora, ya nos venden viajes a Marte. Nos dicen que cuidado con el vecino, que es más pobre que tú, que viste raro y es más claro u oscuro o vietnamita o con tres pies, y nada tiene que perder. Que la cultura está en peligro, que tu modo de vida tradicional terminará, que más vale malo conocido que bueno por conocer. Pero, aunque sepas que el vecino se ha muerto hace dos años, tiene hijos, amigos, primos, una esposa o dos, que esa gente era muy rara y ya se sabe o no, pero qué más dará. Siempre es bueno temer a algo ¿no? Y venga leyes, y venga policía, y venga blindajes y Charlies Hebdos que somos todos, pero no siempre.
He llegado al punto de no retorno: ni espero ni quiero ni participo de nada que tenga su tufillo. Si pudiese, me daría de baja para convertirme en apátrida. Ni a eso tengo derecho: a no existir.

Dirán que es una tristeza ser un descreído, que si no participas no tienes derecho a decir, a pensar, a criticar. Lo siento, nací con boca, cerebro y un problema en el cuello que me lo deja bien tieso. Me dedicaré a mis viejis, a mis niños, a mis clases, a mis viajes y tonterías. Seguiré dedicándome a lo que me den las manos, los ojos, las ganas, porque sé que es la única manera de lograr algo: la solidaridad con el hijo y las ocho esposas del vecino muerto. Que si algún día necesito una mano, vendrá de ahí y no de otro sitio. Y si no llega, me da igual porque sigo esperando morir a los 180 y ruego para que me dejen en paz, que me olviden porque, dice la ONU, que hoy es el día internacional de la felicidad y motivos, me sobran.

sábado, 19 de agosto de 2017

La decimoctava dimenxión

 


   He de reconocer a Einstein como al Nostradamus del siglo XX? Pues igual sí, vete tú a saber, ya que su teoría de los portales dimensionales, parece hacerse realidad. 

Sé que algo extraño ocurre, que nada es como antes ¿Antes de qué? ¡Y yo qué sé!. Antes de antes o de ahora. Antes, de cuando el abuelo ponía el orinal bajo la cama y  espantaba los fantasmas, por eso no temía. Antes de ahora, que preferimos levantarnos en medio de la noche, del frío, del sueño, de los encontronazos contra el marco de la puerta y colocar un plato de arroz con leche bajo la cama que nos endulce la vida y recogemos hormigas. 
El "Antes", cuando cansada del abstracto "marichulos vs feminazis" (así se apelan los contendientes) decidimos cenar en el Chusco y, al entrar, ves esas cinco mesas color miel, las cuncas de vino tinto compitiendo contra Usaín Bolt en las Olimpiadas del 16 ya que, a la jauría le sería imposible, por edad. Un lugar donde el  blanco del escaso pelo  es abundante, más que el blanco orín fantasmagórico del otro antes. Será que para no temer  beben y gritan o hablan todos a la vez para no escucharse, mientras en la tele retransmiten el partido de Hof contra Liv y a nadie le importa. Ninguno de los equipos va de blanco, quizás por eso. Allí, Enrique, el public relations director mezcla entre José Alias (fuimos migos hasta que dejamos de serlo, diría Coelho, pero sé que vive, antes y ahora) y Vicente del Bosque, come, bebe, fuma, habla, tiene boca bajo el bigote... y en la cocina o sirviendo mesas o tras la barra o lavando platos, hay una mujer. Ella, que tira más a la rama "del Bosque" que a la "Vicente", arrastra la languidez impávida de la familia, el andar sin ganas, el dame una cama que no duermo. A pesar de la hora, conseguimos una mesa, que abandonamos por turnos para seguir manteniéndola cada vez que buscamos silencio. Allí, sentados más abajo de lo coherente, comenzamos a encontrar sentido al Borroquinmabeibe. Es una simple cuestión de experimentación y repetición: centrados los cinco sentidos en el vino, los sujetos de canilla pelada ladean la cabeza para lanzarte una mirada matadora cada vez que escuchan la palabra. Este lugar es especial, la energía fluye o está estancada o, incluso, ni exista, pero algo ocurre con ese árbol que da fresas, esos naranjos granates o estos limoneros azulados del patio. Las rosas pelean por oradar el muro, traspasando sus espinas al vértice más alto. Es un mundo al revés, un coche amarillo a la izquierda y detrás a la vez, es un león que no lo es a pesar de tener el nombre escrito. Por suerte, la comida está buena, si no a ver quién aguanta ésto, que comienza a parecer un inframundo cualquiera <ayuda la voz de Enrique, tan Bajo que no se entiende. Pagados los 20€ de la tarifa plana, seguimos camino hacia horizontes algo más relajados. Lo llaman playa, pero es una enorme pasarela frente al mar. Allí, pese al gentío, ocurre todo lo contrario del "Antes". Es un mundo ordenado, silencioso, armonioso, educado. Los coches brillan, carecen de abolladuras, no hacen ruido, tienen tubos de escape con aroma a eucalipto, creemos que en honor de los que padecemos de bronquios y favorecer nuestra expectoración. El sol brilla lo suficiente, calienta lo justo y, si se pasa, la oportuna brisa acudirá pronta y silenciosa. Las casas están ordenadas, floreadas, inmaculadas, igual que el asfalto, el camión de la basura, los agentes de la ley y el orden. Hay bancos bajo los árboles del paseo, cada 35 pasos, y hasta las olas son modosas en éste mar de aceite. Hoy hay mercadillo en Pleasantville, mercadillo legal y perfumado, mercadillo de ropa y zapatos, de antigüedades, de felicidad, mercadillo de marca <dice una que se prueba una chaqueta de punto>, pero se acerca la hora del cambio. Donde hace 10 minutos había puestos de jarrones, comienzan a tiralinearse mesas y sillas, la hora de la cena. Las madres, los padres, los abuelos y abuelas, los niños todos y los perros que hubiere... se sientan en escalafón, sin levantar una voz más que otra y se sonríen y se aman y son guapos y rubios  y hablan de los otros, más infelices y, algunos más jóvenes y adelantados, los de tez más bronceada, se estropean el aspecto que no los modales: son los underground, los correctamente incorrectos, los rebeldemente sumisos, los felices infelices, los poetas insensibles, los cultos incultos,  los que entienden y no comprenden, los hombres que no son de antes, los de Ahora.
Y Ahora, que ya todos somos fantasmas y tememos lo que aparece en la pantalla, a lo malo conocido, a lo bueno por conocer, a lo correcto e incorrecto, a lo que se mueve, a lo que está quieto, a hablar y callar, a la vida y la muerte, aunque todo sea cementerio. Ahora, que alimentamos al monstruo desechando migas de pan por la ventana para que lo inunde todo con su blanco cagar, tan blanco como el refulgente baño de orines abueleros  porque, ya se sabe: de lo que se come, se cría. Ahora, que todo ha sido corregido, normativizado, homogeneizado, cuadriculado, modelado, educado, acabará el verano y volveremos a la choza y tal vez escuchemos las noticias o leamos a Baudelaire o Bukowsky  e iremos a trabajar y nos rozaremos con los de Antes. Tal vez encontremos un fósil bajo la alfombra o bajo la cama, al poner el arroz con leche, y pensaremos, de nuevo: "¡Ay, por dios, pobre gente!", mientras nos emocionamos por la suerte que corremos, nosotros que al fín nos hemos deshecho de arcaísmos y monoteísmos, nosotros que vivimos en libertad y en democracia. ¡No hay derecho, por dios, a que no vivan en el Ahora".
Y ahora que lo pienso, a lo mejor nada de lo que he escrito se entidende. Bueno ¿y qué?, les dejo el Borroquinmabeibe.



sábado, 13 de mayo de 2017

Home, sweet home


Llegué a casita de noche, a la hora en que el chucho se vuelve loco por regalarte mecheros, pañuelos de papel, un bolígrafo o el billete de 20 euros olvidado en la mesita de centro. Mientras desmonto la maleta, escucho como Rosa discute con su hija por el misterio del agua desaparecida de la jarra y me entra sed. Sólo encuentro cerveza y entonces, llega la gula. Son esas cosas raras que, a veces, pasan. Es ver una cerveza y tengo que comer así que ataco al fuet, al queso y a la cecina y, mientras la lavadora está con su "mio, mio, mio", me descalzo y dejo que me sirvan. Nunca sabes lo que echas de menos tu sofá hasta que lo catas y, la verdad, como el que tiene tu medida cular, ninguno.
Desde luego, estoy en casa. Cómo no saberlo tras escuchar, por tercera vez, la cisterna del vecino. Un sonido como una huella dactilar y es que, como la cisterna del vecino, ninguna. Durante el traspaso de lavadora a secadora, tengo la oportunidad de saber que, Jaime, el del cuarto de enfrente, cenará calamares a la romana. Bea y Román, salchichas, otra vez. Que la adolescente del primero, quiere salir y no la dejan. La justicia vuele a ser mentada, para su satisfacción. Seguro que mañana me la encuentro adraculada, con los tacones en la mano. Porque, ésta, sale.
Y es que son complicados los regresos, las vueltas a las rutinas y no por el jet lag, que también, sino por la desubicación. Uno escucha, ve, huele, toca, come, pero a la cabeza le cuesta, algo más, regresar y  tras escuchar la tormenta y el granizo que la precede, a pesar del terrible dolor de caderas por los muchísimos kilómetros y la edad, que empieza a fastidiar, me enfundo el desinfectado traje de aguas y hago lo que más me gusta del mundo mundial: pasear de noche.
La ciudad se sosiega, el gentío se esconde entre sábanas y teles, los mozuelos se apelotonan en discotecas y bares que sirven alcohol metílico. Es el momento en que las baldosas se deslosan, se estiran, se trampean para escupir al viandante confiado, como nosotros. Escupir, cabronas, escupir, que os mando a Pieter y su sierra mecánica y sabréis lo que es bueno.
La lluvia nos da un respiro, tan sólo quedan los destellos de una tormenta que se aleja. El ruido de los relámpagos se amortigua con el camión del ayuntamiento. Cuatro tios recogiendo colchones, un sofá de piel negra con los cojines abiertos y tan chorreantes que parecen una fuente. Los cajones de un mueble de salón, parecido al de la abuela que era más ataud que lucidor de cristalería, libros o tele, semejan piscinas para enanos. Hacia el norte, la carretera se empina y se puede ver el asfalto mojado, cristalino, reflejando el rojo y verde de los semáforos. Ya ha llegado el imbecil, el del coche deportivo chirriando rueda, tentado a ser carne de donante. Es que algunos, al lado de los cedeses del "chunda chunda", deberían llevar una analítica completa, para ir adelantando trabajo. Subimos y el agua baja, como hacen los salmones volviendo al lugar de nacimiento. Me duele la rodilla, de nuevo. Mañana tendré que acercarme al fisio, a ver si me recompone o, de lo contrario, que me pega un tiro, por compasión. Al llegar arriba, (esta maldita ciudad es un electrocardiograma), escuchamos a los rumanos en la zona peatonal. "Un euro, amigo, dame un euro para un café", la retahíla de todos los días. Dos patrullas de policía los vigilan de cerca. Cuatro tipos con pistolas, porras y esposas para controlar a 6 rapaces de entre 15 y 18 años. Ay, dios! Y el cajero del BBV, está estropeado. La farmacia y su cola de emparaguados, una decena más o menos, esperando para comprar leche infantil o ese medicamento tan urgente. Han abierto otra tienda de móviles: Vodafone, reluce entre el eco de las risas de los mocitos, eco que desaparecerá en pocas horas, cuando vuelvan los repartidores de pescado, los de fruta y verdura del mercado. El pepsicolero, el panadero. Manolito, el de los churros, es el único bar que se mantiene abierto. Intentamos comprar tabaco, pero la repetición de un partido nos aleja como alma que lleva el diablo. El chino, tiene unas deportivas monísimas y a muy buen precio, tal vez me acerque mañana. Ya veré. Al doblar la esquina, están agauditando la entrada del tunel y el sindicato mantiene la pancarta del uno de mayo, empapada y a la que le faltan letras "Mani estación d 1º de Mayo. Lunes. 12 h.  La oblada" Doblada está mi cadera izquierda, que me hace cojear. Será mejor volver cuanto antes, a pesar de la felicidad del perro, al que le encanta mojarse. Arrecia la lluvia, de nuevo, y nos guarecemos bajo el voladizo del supermercado. La paleta de cerdo estará mañana rebajada. También tendré que venir.
Es posible que sea cierto que no haya nada mejor que lo de uno pero, a pesar del chino, de la paleta, de la tranquilidad que se respira, de que la tintorería hace milagros con las manchas y la suciedad, aparece la carita de Nuk en su cumpleaños y mi ropa sigue oliendo a humo. 

domingo, 23 de abril de 2017

La vida se vive, luego se escribe y, finalmente, alguien leerá.



Me despertó el chasquido del hielo. Me encanta este ruido a pesar de estar con fiebre. Me dormí con el crick bruuuuuuum una vez que le cogí la cadencia. Me acunó las 3 veces que me levanté al baño, las dos que me senté en la ventana para ver el plancton relamiendo el hielo y a las 5, cuando amaneció, me dejé abrazar por el desquebrajamiento del coloso, del que se podría sacar una sinfonía, si supiese música. Esto de las fiebres, para las obsesiones, es un chollo. Ayer leía al maese boliviano de la rotonda. Decía que el frío lo padecen los pobres y los ricos lo convertimos en poema. Tal vez, quizás, no lo sé. A mí me parece poético el caretón de los ojijuntos desdentados de este lugar, el descuartizamiento de las orcas o el baño de sangre de las cabezas de búfalo. Será que me asalvajo con facilidad o que tengo poca empatía teórica. No me pregunten, que no lo sé.

Se deshace todo ésto, es igualito que vivir subido a un cubata de ron, un mojito, en ocasiones, por lo del hielo picado. Malik, el fotógrafo dice sentirse cardamomo, yo me pedí ginebra, por lo aromático y mi compa, la burbujeante tónica. Somos el perfecto gintonic en el lugar exacto. A diferencia del año pasado, ya hay zonas limpias de nieve, muchas, demasiadas. Hace sol, aunque un frío del copón. Dice el termómetro que -7º, a las 9 de la mañana, pero el hielo ha llegado a su mayoría de edad. Se ha independizado de la climatología y campa a sus anchas por todas partes. Hemos visto icebergs del tamaño de ciudades medianas, barquitos de papel helado navegando en un mar de aceite. Digan lo que quieran pero la muerte, como la miseria o cualquier cosa que se contemple sin padecimiento, es bellísima (y ahora ya pueden decir que es políticamente incorrecto).
Tasiilaq está al este de Groenlandia. Nuestra primera vez. Nos habían hablado de ella, la ciudad más turística de la zona. 3000 habitantes con un megaproyecto para convertirla en la Venecia del país verde. Un desatino. Este año, cuentan los pescadores, han perdido cerca del 2% del territorio. Va por ahí, vagando por esos mares de dios, en busca de una constitución o, en su defecto, una nevera que lo acoja. Pero aquí, no todo el mundo lo ve de la misma manera y se preocupan más de la desaparición y muerte de una islandesa a manos de un par de cejijuntos groenlandeses, de hacerle un altar en el puerto, de pedir perdón a la familia de la joven. Y si, es una tragedia la muerte de la chiquilla, como lo es la muerte de un policía parisino o de esa familia de Nuuk que ha muerto ahogada...pero sólo me falta escuchar: “¿quién vota a los corruptos?” y será como estar en casita. En fin. Ahora se habla de sacarle partido al deshielo. Enviar la arenilla rocosa que se desprende de la ruptura del glaciar y que, por su cantidad, están obturando los fiordos como si de un lodazal se tratase. Y ¿a donde enviarla? A Kenia, claro, que está en el límite matemático del Si, se puede. También han pensado en plantar patatas, ya que alguien, experto en estos menesteres tuberculinos, observó que los destestables hongos que acaban con las patatas en todo el mundo, no existen en Groenlandia y ya tenemos la industria montada: hierro, arena de roca y patatal. No se conforma quien no quiere.

Mientras, en otra isla de esta isla (Aasian) la vida continúa. Se hacen los juegos anuales para adultos, consistentes en esquí de fondo, tiro al blanco y carreras de trineo. Dos días de fiesta jolgorrio en la que los contendientes se alojan en sus propias tiendas de campaña, se avituallan como pueden (alguno ha traído un búfalo muerto y lo ha repartido entre los contricantes), mientras las ropas coloridas lo inundan todo. Es bonito el traje típico groenlandés. Ellos de blanco nuclear, ellas de pavo real maravilloso. El triunfo de la normalidad, llega en el centro comercial: un barbudo con pinta de Rasputín y túnica roja, se hace fotos y abraza a todo cuanto transeúnte se lo requiere. Qué bonito es todo, tras haber pasado todo el día rodeada de gente armada, así, de la manera más natural del mundo.
Rasputinnadum con señora de compras, encantados de la vida. Día mundial del arenque que te has de comer
Lo mejor de toda esta historia, es cómo lo vemos los que no lo padecemos. Tengo la misma sensación de cuando contemplas una estrella, un sol o una enana, vete tú a saber, que no llevo el telescopio puesto todo el día. Supuestamente ha desaparecido mucho antes de tu mismo nacimiento, sin embargo, ahí está. Esto es parecido, pero al revés. Sabes que éstos, serán los últimos latigazos, los últimos latidos de una manera de vivir. Quizás no desaparezca, ya que con ellos, iríamos todos, pero sí cambiará mucho, muchísimo la vida en este lugar. Es la crónica de una muerte anunciada, que continúa como si nada ocurriese, sin que nadie haga nada. Un Rajoy en toda regla: si lo ignoramos, ganamos. Quizás tengan razón, la fiebre no me deja pensar en plenitud y me obceco en algunos puntos. Quizás, lo único importante sea el aquí y ahora y, los que vengan detrás, que se las apañen. Tal vez, sea la única manera de no volvernos locos y tenga mucho que desaprender, todavía.
Intento impregnarme, todo lo que puedo, del ojijuntismo y me pego a Pieter y su hermano Son, que nos enseñan a pescar en el hielo. Creí, tonta de mí, que el ruido se expandía más a través del hielo, que los peces huían del mundanal ruido. A los hermanos Storm, les importa muy poco lo que digan la física y las leyendas antiguas. Ellos hacen el burato con sierra mecánica y se han llevado pececitos para comer el día. Me gustan estos tronistas del hielo, el reality show, siempre ganará por su sencillez y oportunismo. ¿Para qué romperse la cabeza, si no vale de nada?
Es curioso esto de las segundas veces, cuando el romanticismo se ha terminado pero se mantiene el cariño. No sé si es la mala suerte, la fiebre o esa hormona enamorada que nos tapona la razón y nos impide ver el bosque, la primera vez. Groenlandia sigue siendo la misma, sin Ilullisat, todavía, sigue siendo profundamente bella, profundamente blanca, profundamente vacía, poéticamente muerta, pero todavía no he conseguido que me hablen de este terrible año, de los padecimientos climáticos, que son enormemente visibles. Nadie habla de la falta de oportunidades, de la falta de recursos, de la poca implicación local, nacional o internacional con algo que ha provocado las mayores inundaciones de la historia del Reino Unido, por ejemplo. De lo que sí me han informado, pormenorizadamente, es de que hoy se enfrentan Messi y Cristiano Ronaldo y que si el Madrid gana, el Barcelona tendrá muy difícil, por no decir imposible, ganar la liga. Y para ésto, salgo yo de casa.
To be continued.

miércoles, 8 de marzo de 2017

La lluvia en Sevilla, es pura maravilla.



Hoy, a las 3, tenía hambre. Caminaba rápido hacia el coche pensando en qué habría para comer. Amenazaba lluvia, también y, además, recordé que no le puse ticket al coche, aparcado en zona azul. Lo cierto es que nunca lo pongo. Me parece un timo pagar por aparcar en la calle. No, no soy solidaria con los impuestos del ayuntamiento. Que le den al ayuntamiento, al alcalde y a todos los reyezuelos que lo rodean. Pero tenía hambre, mucha. Y comenzó a lloviznar de esa manera tan estúpida que tiene la lluvia de caer, lamiendo. Corrí porque no me quería mojar. Tan sólo podía pensar en chuletón y ensalada, en bacalao con ensalada, en paella y ensalada. Porque me apetecía muchísimo una de granada, mango, lechuga, tomate y espárragos. Pensé en llamar y preguntar, pero corría porque llovía y tenía hambre. Lo vi aparcado al final de la calle, cuesta arriba. Qué ascazo de ciudad, que todo queda cuesta arriba y no hay cómo avanzar sin que te moje este escupitajo desganado. Ojalá haya hecho carrilleras o secreto o el pollo ese, que le sale tan bien. Y allí estaban, en medio de la acera, a las 3 de la tarde, con la lluvia que caía, el hambre que hacía y la poca prisa que tenían. Dos dibujos animados comiéndose la boca con ganas, con dulzura.Y desaparecieron el hambre y las prisas y la lluvia y el ticket y el parquímetro y las penas, al verlo a él. Esas gafas de pasta y pelo rizado.Ese grano con piernas y boca y lengua y traje negro de camisa blanca. El chapón desagradable de la clase abrazando a aquel abrigo verde chillón de no más de 15 años. Acariciando su pelo y cogiéndose de la mano tras la risa nervios. Pero ella me vió y me dio vergüenza estar allí, haberlos visto. Me avergonzó que lloviese y que el coche estuviese tan lejos y miré para otro lado, pero no sirvió de nada porque me sonrió y le devolví, esta sonrisa que mantengo mientras escribo ésto.


viernes, 23 de septiembre de 2016

Y dios se llama mariadelcarmen.



Hacía años que no coincidíamos. Normal, pensé, porque hace años que no me muevo en condiciones por aquí. Las horas que he dedicado a esta ciudad han sido medidas, aunque... también podríamos habernos encontrado por ahí. 
Patri está estupenda. Se mantiene en forma. Las mechas y ese corte, le dan el aire juvenil que no tuvo nunca. Vestido blanco de encaje y piel tersa, morena, cuidada y esos dedos de ET que siempre le alabé y que tanto le fastidiaban en el instituto. Le ha ido muy bien. Su padre es conocido por su imperio alimentario del que maman los 5 hermanos, las nueras, los yernos, los nietos y algún tio despistado. "Vente unos días a la playa, te hará bien y podremos charlar largo y tendido. Ya sabes que allí, siempre sobran camas". Es un chalet en pleno paseo de Playa América. Cuando entras se encienden las luces sólas, al igual que las persianas o las ventanas, que se abren o cierran a golpe de voz. "Impresionante, oye!" y ella sonrie, orgullosa. "Esta casa era de mis padres, se la cambié por la mía porque era demasiado moderna e incómoda para ellos. Demasiados pisos y mi padre jugaba con los botones del ascensor. Una vez, tardamos 2 horas en poder abrir y sacarlo. Tu habitación, es la del segundo piso".
El ascensor es dorado, con aire antiguo y un asiento al lado de la botonadura. Imaginé, allí sentado, a aquel buen hombre para arriba y para abajo, mientras se reía de la desesperación de todo el mundo. Al segundo piso se accede sólamente en ascensor, entras directamente en la habitación. Puedes cerrar la puerta con llave, para no ser molestado. Una cama enorme, sofá, televisor, la puerta del baño, la del vestidor y dos terrazas: una enfrentada a la otra. La de delante da directamente a la playa, desde el sofá parece un trampolín, auque la mesa de hierro forjado invita a pasarse las noches en blanco. La de atrás, más sencilla y grande, está jalonada de flores moradas y blancas y cuatro tumbonas blancas desde las que puedes ver el tejado del polideportivo, repleto de gaviotas. A esta hora de la tarde, ya está en sombra. Voy al baño y quiero lavarme las manos, el agua no sale y cuando llega la dueña, me encuentra dándole órdenes a un grifo que no me hace ni puñetero caso. Hay que poner la mano debajo. Me pregunto que pasaría si un desastre electromagnético estropeara todas esas células: las de movimiento, las fotoeléctricas, las de voz, las de presión...¡Cuánta modernidad, mariadelcarmen!
La vida se hace en la planta baja, más amplia y fresca que el resto de la casa. ¡Qué bonito y confortable es el lujo! Desde allí puedes acceder directamente al mar. Aparece Sergio, el marido de mi amiga, un hombre bajito, chepudo, con parálisis facial izquierda y una cojera tremenda. Al verme se presenta, charlamos durante media hora y se despide. Nos dejará solas durante la semana, para que hablemos y hagamos "nuestras cosas. Ella tira de álbum para  las fotografías de los niños, de viaje por Europa. Desconozco a quienes se parecen estos dos bollazos. Tras un par de horas entre recuerdos, salimos a cenar. Es estupendo volver a reconocer aquella química de antaño, aquel charlar sin juzgar, aquel soltar para desahogar, para reir, para liberar. Ahora recuerdo por qué nos buscábamos.
Los días siguientes pasaron rápidamente, siempre nos acompañó algún hermano, alguna cuñada, algún sobrino. Me llama la atención que todos tengan alguna enfermedad, alguna parálisis, alguna deformidad, tanto, que pensé que, salvo el menor, ella es la única normal de la familia. Paradita, si; plana, pero sana y razonable, como siempre. Cuando conocí a Patri, no destacaba por su belleza, ni mucho menos por su inteligencia, le costaba mucho entender ciertos conceptos, pero lo iba llevando. Era llamativa su mesura y sus ganas de hablar y escuchar. En una época en la que las hormonas se desatan y van por libre, era extraño encontrar alguien  aparentemente tranquilo, moderado, sin gritos o estridencias. Aunque socialmente nos separasen muchos millones de euros, fuimos inseparables durante unos años, quizás porque ninguna de las dos encajaba con nadie más.



Tras cinco días, una llamada nos trasladó a casa de sus padres. Estaba al final del paseo, a dos kilómetros más o menos. Eran las 9 de la mañana y me pidió que la acompañase, su madre seguro que me recordaba y se alegraría de verme. Aquello era indescriptible. Ya en el portalón se escuchaban los gritos. Al adentrarse en el jardín,  se veía la puerta de entrada abierta y un hombre, con tijeras de podar, entraba y salía, airado. "¡LIMPIATE LOS PIES, DESGRACIADO!" se escuchaba cada vez que entraba... y el hombre se frotaba los pies contra el felpudo. Estaba claro que era el jardinero, pero luego salió otro joven con camisa blanca, pantalón azul y corbata a juego, luego una señora rubia, despeinada, toda vestida de blanco, y otra, y otra y otra más. Tras todos ellos se veía a una anciana bajita, rubia, de ojos achinados y dos muletas, con  babero en ristre y pantalón vaquero. La mujer juraba en arameo, repetía una y otra vez que allí mandaba ella, mientras el resto hablaban a la vez. Me quedé atrás, para no intervenir, disfrutando aquella escena de las mejores películas mudas mientras, Patri, se disponía a poner paz. La anciana, aliviada por la llegada de su hija, calló a todo el mundo y, pasito a paso, salió al jardín, también. Tras ella, casi invisible, había una muchacha de bata blanca y coleta con una silla en las manos tras el culo de la señora. Intenté que no se notase mi satisfacción. El problema lo causó un árbol enfermo, casi seco, por la ineptitud del jardinero, dijo ella. El jardinero se defendía diciendo que estaba perfectamente, la semana anterior. El muchacho de camisa y corbata, era el chófer, al que la anciana obligó a regar con el jardinero por medio, éste al entrar en casa a protestar, no se limpió los pies y la lió. Que si la limpiadora era una puerca, que si la ayudante del jardinero parecía un gnomo, que si la cocinera le sirvió el desayuno frío, que si los muertos de hambre, que si, que si... y mientras, la muchachita de bata y coleta, tras conseguir sentarla, le metía en la boca el kiwi con un tenedor. Aclarado el desaguisado y enviado todo el mundo a sus quehaceres, Patri desvió la atención de su madre hacia mí y aquel torbellino de la naturaleza, se convirtió en mermelada de fresa. Nos obligó a sentarnos a la mesa con ella y desayunar. La mujer de blanco y despeinada, resultó ser la cocinera. Sudaba ostentosamente, a pesar de no ser ni las 10 de la mañana. Se disponía a hacer más tostadas, pero las allí expuestas eran más que suficientes como para todo el personal del jardín, así que sólo aceptamos la taza de leche y el vaso para el zumo. Me ponía muy nerviosa la muchachita de la coleta, era como una abeja rondando alrededor de una flor, la vieja, que terminó por enviarla a fregar el baño y nos dejase tranquilas. Estaba más que claro quién mandaba allí, quien era dios y así se comportaba con el servicio. A sus 90 años y pese a su aparentemente fragilidad, Carmen mantenía la tiranía del soberano medieval de manera soterrada, era el dios castigador de cada ruido, cada error, cada invención, cada traspiés.  Al terminar de desayunar nos dirigimos a la terraza de la playa. ¿Qué sería de estas casas sin terrazas? Allí, sentado en una mecedora, estaba el patriarca, un hombre bajito, calvo, que se parecía terriblemente a Sergio, el marido de Patri,  vestido con pantalón de raya perfecta, calcetines, zapatillas marrones, gorra de beisbol, polo verde y chaqueta de invierno. El sol, en aquel lugar, era justiciero y daba cosa ver a los niños y sus padres caminar en bañador por la playa y a Mr. Banks abrigado hasta las orejas. A su lado había una mujer de cara amable, dando el parte del estado del hombre. Ojos azules, pelo negro, piel morena, también vestida de blanco. Imagino que aquel era el uniforme de todos los que allí trabajaban, salvo el chófer, tal vez para no desentonar con la decoración. El hombre se alimentaba a través de una sonda, defecaba a través de una sonda, miccionaba a través de una sonda, pero en la mesa auxiliar había un recipiente de barro con un líquido amarillento. No escuchaba, apenas caminaba, casi no veía, ni reconocía, pero en la mesa estaba El Quijote. "Para mi padre es como la biblia" y no pude evitar la imágen del americano sentado en el porche con mecedora, escopeta,  botella de bourbon en el suelo y  biblia en la mesita de noche. Recordé a todos los que conocí días atrás, sus anomalías, sus perturbaciones y creo estar frente a los individuos cero. La américa profunda, se extiende hasta Nigrán.
Con un "tengo muchas cosas que hacer esta mañana" nos despachó Carmen, eso sí, con la promesa de volver a vernos el domingo. Adoraba salir a comer, su estado natural era el de maestra de ceremonias. Empezó por situarnos en la mesa, dar conversación cuando ésta decaía (aunque fuesen banalidades) bromeaba y observaba a su rebaño, sin desatender al patriarca. Encabezando el otro lado de la mesa, sin probar bocado, iba vestido para la ocasión: pantalón azul marino, camisa de listas y corbanda lisa a juego con el pantalón, lustrosos zapatos náuticos con calcetines de hilo, peinado, afeitado, perfumado y las sondas de los domingos, las que se notaban poquito y traidas de Holanda para las festividades. Ella adora los percebes y los carabineros, lo saben todos en el restaurante, hasta los clientes. Los mejores y más especiales son para ella, bajos en sal. El solomillo, al punto, cortado no muy grande ni muy pequeño, para su boca y el vino bueno, que paga ella. Nada ha salido como debía, los percebes estaban salados, los carabineros poco hechos, el solomillo cortado demasiado grande y muy gordo...sólo el postre mantenía la calidad de siempre, tal vez tuviese algo que ver que la pastelera fuese una familiar lejana, pero de casa. La sobremesa se alarga dos horas hablando de viajes, de costumbres, de personas. Ella es la reina de la Muralla China, del Gold Trade Center, del Kremlim... hasta que el patriarca comienza a dar golpes en la mesa, los nietos se disipan y cada oveja se va con su pareja. Regreso a casa, donde tengo que pulsar para que se encienda la luz, tocar para que salga el agua de la cisterna. Me he dado cuenta que se duerme mejor con las piernas algo elevadas y la muerte de las olas en la orilla. A las 11 de la noche, sentada en un sofá vulgar, mantengo vivos el sabor a sal de un atracón de percebes y la intensidad de una comida  supuestamente relajada.
Hace dos semanas de mi vuelta a casa, es Patri. Carmen, el primer día me conoció, el segundo me escuchó, el tercero me observó, el cuarto y quinto reflexionó, el sexto llamó y el séptimo me enchufó en la empresa familiar. Sí, ahora lo sé, dios cumple años, veranea en Nigrán y tiene nombre de mujer: mariadelcarmen.


martes, 12 de julio de 2016

Para Susi Orduña

El mundo según Muhammed Al-Idrisi.

Pienso que el hombre se asoció con otros para tener una oportunidad de supervivencia. En cuando los padres de las sociedades modernas las denominaron del bienestar. Pienso que yo, que nací en pleno baby boom, cuando los premios de natalidad todavía no eran los anticonceptivos, aprendí, bien joven, que era preferible mentir para que te dejaran tranquila, comenzando la dualidad entre vida y sociedad. Si querían católicos, yo lo sería, si franquistas, yo más que nadie, si necesitaban adinerados, yo forrada. Imaginé la sociedad como aquella pirámide alimenticia y busqué mi puesto en ella, por la mitad... era demasido joven. Crecí en una jungla despiadada con el débil, el enfermo, el pobre, el minoritario, porque el rico era el prócer. El estado del bienestar se cebaba con aquel al que debía cuidar, mimar, fortalecer y pensé que debía ser terrible ser viejo y que tu único ocio fuese ver obras o jugar al dominó, ser viejo y te tratasen como un niño, ser viejo y dejar de tener poder de elección. Y les escuché decir que eso iba a cambiar y lo hizo porque entonces entramos los ociosos, los que perdimos los trabajos, las casas, los hijos, las vidas y nos convirtimos en delincuentes para otros, en parásitos, en deshechos y defraudadores para ellos, para los de la sociedad del bienestar.
Mientras pude, cuando creí pertenecer a la numerosa clase media estaba tranquila, tal vez porque no tenía tiempo de pensar. Cumplía mi horario de trabajo, con mis hijos, con mis padres, con las vacaciones y el banco y a la hora de sentarme, me quedaba dormida en el sofá. Todo cambió con la edad, con la madurez, cuando los niños dejaron de necesitar y tuve tiempo para mí y pensé y me divorcié. Fué entonces cuando incluí lo terrible de nacer con una enfermedad rara o una minusvalía o cualquier cosa que te hiciese dependiente, ver a la soledad enseñar sus colmillos más afilados y el futuro tenebroso. Pensé en mi madre, en la que me zambullí durante cinco años, los que tardó la enfermedad en comérsela, sin una yaga, sin una deshidratación. En cuando perdí trabajo y juventud y encontré más tiempo del que podía gestionar.En cuando pinté mi pelo de colores, mi abundancia corporal con telas chillonas y volví a estudiar. Pero ellos, los del bienestar, me trataron como un detritus, como un viejo, como un ocioso. Me olvidaron, me devolvieron al agujero más profundo y húmedo, más laberíntico e irracional que nunca conocí y allí decidí que algún día, en algún momento,cuando salga me marcharé a la India o algún país africano para enseñar a leer y escribir. Volver sentirme útil, necesitada y tal vez, un día, alguna de ellas, lo agradezca con un guiño y pueda, de nuevo, volver a sentirme bien.
Pienso, de nuevo, en cuando me volví loca y olvidé mentir.

lunes, 27 de junio de 2016

Aranceles



Ayer o anteayer, no lo recuerdo porque la reflexión no favorece la memoria, escuché de nuevo una de esas palabras que, cuando somos niños, confundimos con un objeto, como el volante que el médico daba a nuestros padres y jamás aparecía por casa. En este caso, la palabra es: Aranceles. No sé si por vergüenza o porque nadie me explicaba nada, pero estas cosas me producían gran inquietud. El concepto nunca casaba con el objeto y mi cabeza se llenaba de dudas e inseguridad.
Tuve la suerte de tener un padre que trabajaba en una empresa automovilística porque, casi a diario, traía los bolsillos llenos de objetos inservibles pero que, a nuestros ojos, eran regalos: engranajes que servían como peonzas, rodamientos repletos de canicas, muelles con los que hacíamos perchas, anzuelos o llaveros y la joya de la corona: arandelas. Las había cobrizas, plateadas, doradas, cromadas o brutas y, en la cantidad suficiente, eran cómo tesoros de película. Yo hacía collares, pulseras y hasta me atreví a fabricar un xilófono de palos de Miko lápiz con arandelas de color y tamaños diferentes, porque el sonido también variaba con el color, y que mi padre enmarcó para mi orgullo. El sonido era errático y apagado, no así su apariencia que brillaba con la luz y la vibración. Adoraba aquel objeto, era único, especial, era mío.
En casa teníamos claro que éramos pobres como ratas, mi madre lo decía casi a diario cuando alguno pedíamos un helado, un kojak o, en mi caso, un pantalón (era tan flaca que no los hacían de mi talla y se convirtieron en obsesión), pero las ratas no tenían cromos, ni peonzas, ni arandelas, las ratas sólo tenían pelo. No entendía por qué, mi madre, no cogía aquellos tesoros, aquellas arandelas y las usaba, como lo hacía yo en el kiosko que había frente al colegio. Allí compraba chocolate, chicles, refrescos de naranja y agua... Sólo ponía las arandelas en el mostrador y la señora Rosa cogía las que necesitaba, casi siempre eran dos doradas y una plateada pequeña sin cromar, aunque si quería un bocadillo de chorizo cogía, además, tres de las pequeñas. Así aprendi que las doradas eran las más valiosas, las que había que guardar para ser rico y aunque lo dije en casa más de una vez, todos se reían. Me fastidiaba que se rieran de mí, me dolía, pero me convencí de que de esa manera, serían todas mías, sin competencia. Quizás no le concedían valor porque venían en los monos de trabajo (al lavarlos,mi madre  decía que de allí no salía más que mierda y más mierda) y no en una billetera de cuero, de las que adoraba su olor. Tal vez porque jugábamos con ellas ya que, también decía, que los juguetes no valían para nada. Me dediqué a buscarlas antes de que las tirara a la basura, las lavaba y guardaba por tamaños y colores y por la mañana, metía algunas en el maletín, hasta que una mañana encontré el kiosko de la señora Rosa, cerrado. Me colaba por la valla, todos los recreos, para ver si ese día había más suerte, pero no, hasta que me enteré que se habían mudado al centro, pero aquello estaba fuera de mi alcance. Lo intenté con el ultramarinos del barrio, pero allí tampoco reconocían el valor de mi tesoro, la culpable era mi madre, seguro, que había hablado con la señora Marina y el tonto de su hijo Toño. Me dio igual, atesoré un buen puñado, con los ojos fijos en el kiosko, con la seguridad de que pronto volvería a abrir, hasta que una excabadora acabó con mis esperanzas.
Fue a los 12 años, coincidiendo con la compra de nuestro primer coche, cuando escuché por primera vez la palabra Arancel y lo comprendí en el instante. Aquel objeto estaba repleto de arandelas, se veían por todas partes: bajo las alfombras, en las puertas, en el volante, el techo... y, aunque ya sabía que no servían como moneda de cambio, su valor seguía patente. Rebusqué las doradas, había 6, las plateadas, 12, e innumerables de las otras: pequeñas, grandes, minúsculas e hice una suma mental...mi padre tenía razón, era una ganga. Sólo ellas sumaban más que el valor del coche.
Y lo que son las cosas, he comprado 4 automóviles en toda mi vida y siempre, cada vez, busqué color y número de arandelas que tenían y siempre, siempre, cuesta menos el coche que el número de ellas.

martes, 31 de mayo de 2016

Un día cualquiera.




A veces tengo la impresión de vivir en un sueño. Una pesadilla que terminará cuando consienta en ver mi cuerpo desmembrado y mi cerebro cubierto por las cenizas de esos monstruos hechos símbolos. Hoy es uno de esos y lo peor, es que cada vez se repiten más a menudo, será mi retorno a la adolescencia. Días en los que me levanto inquieta, molesta e intento refugiarme, esconderme en la música, en sensaciones pasadas, en la belleza de este sol madrugador que enrojece el horizonte, en la luz que va invadiendo la habitación, en la forma de las nubes que siempre, por más que se repitan, terminan pareciéndome  mullidas y confortables, devolviéndome la cordura pero que, al mirar al suelo, se desvanecen y vuelvo de nuevo al ruido. 
He intentado escribir mil cosas, poner en orden mis ideas y darle forma a esta rabia que se ha ido apoderando del escaso aire que me queda. He pensado en ponerme enferma repentínamente, en vagabundear por lugares que calmen esta ansiedad, en morirme de nuevo y volver a resurgir, en llamarte y pedirte que vengas porque necesito que estés aquí, ahora, ya, me haces falta, pero la cobardía es más fuerte que yo. Otros lo llamarán responsabilidad pero si fuese así no estaría revolviendo la maleta para poneme lo de siempre. Si fuese responsable estaría viendo tus greñas en la almohada o agarrando tus piernas hasta que me arrastrases al suelo. Si fuese responsable, no te necesitaría tanto.
Ha terminado ya el día, por fín. Ha finalizado el protocolo de sonreir sin ganas, de hacer oídos sordos, de aguantar los consejos bien intencionados de los cercanos que no se dan cuenta de que sobran, de ver al tirano pavoneándose por su cubículo de cristal creyéndose más libre que todos nosotros,  de intentar sacarme una sonrisa ironizando con las sombras. Ha terminado ya, por fín, un día horrible. Vuelvo al hotel y me meto en la ducha restregándome el cuerpo con la intención de apartar el hedor de este dolor que me atraviesa, intento recordar tu cara, imaginar tus pasos de ahora mismo y salgo de la ducha, mojándolo todo, para llamarte pero todavía no has llegado. Vuelvo a zambullirme en este mar jabonoso para acallar esta cuchillada de soledad, la frialdad de esa cúspide iluminada, los ladridos de los perros y los alaridos de mi corazón suplicando tus caricias. Porque si no me llamas pronto sucumbiré y encontraré al que tiene la llave de las cloacas, de las que no volveré a salir.
Llueve otra vez, el río chapotea  y se ha vaciado de barcos y paseantes, solo se escuchan las sirenas. Es mi momento de pasear. Todavía son visibles las marcas de la batalla, el olor a basura es mayor con el agua y no han podido quitar el plástico quemado de la calzada. Aquí también ha llegado el fin del mundo, a pesar de la lluvia y del frio, ya no hay reductos libres, se acabaron los escondites. Tal vez sea la hora de dejarse deslumbrar por los tintineos de las luces tricolor, quizás sea el momento de sucumbir a la patria y la bandera y convertirme en el asno que debía haber nacido y no fue.

martes, 24 de mayo de 2016

Nunca sabrás cuanto te quiero.




Ayer pasaron muchas cosas, pero muchas, muchas, muchas. Todas ellas irrelevantes y banales si las comparamos al resumen telefónico de Hulk, la película. La cosa es que un padre mata a la madre cuando quería matar al hijo. El niño, cuando se hace mayor y debido a ese recuerdo reprimido y unos rayitos gamma, se enfada tanto que se pone verde e hincha como un globo, algo que sólo el amor calma y lo devuelve a la razón. Todos quieren hacerse con el poder de la ira, de la sinrazón, del odio y la venganza, hasta el ejército, que logra encerrar al prota en un barreño de agua gigante para pincharlo e investigarlo. El final llegó cuando el padre, que apareció tras años de olvido, también se apuntó al robo de la ira del hijo, logrando hacerse con él y morir, así, de sí mismo. Y es que no se rompieron la cabeza los guionistas, seguro que cuando eran niños hicieron explotar a más de un sapo, que también morían de sí mismos. 
Lo bueno, es que me hizo recordar "el amor incondicional de los padres a sus hijos". Ese de cuando te postulas para acompañar a tu padre al médico y la cita es a las 10, pero hay que ir con tiempo, así que a las 8 te está llamando por teléfono porque llegas tarde. Subes a los niños al coche, recoges a tu padre, que no entiende qué hacen los niños en el coche porque tendrás que dar un rodeo enorme para pasar antes por el cole y soltar lastre. Ya en la sala de espera te cuenta las maldades de un facultativo que no le hace el caso debido, por su avanzada edad. Se te calienta la sangre y al entrar a la consulta deseas que el muchachito se pase un poco para sacar el lobo que llevas dentro. Y lo sacas, ya lo creo... Sales en defensa del oprimido, del débil de tu padre que te deja, al segundo, en evidencia ante el opresor y dejas de entender, te tragas la rabia, el honor  pero sólo te pones rojo. A la salida sabes que te va a caer la del 15, encima, pero no dices nada. Dejas que el viejo se explaye y te diga que él no te educó así, que esas malas maneras no son forma de ir por la vida. Aprovechamos la vuelta para pasar por la farmacia, donde tu padre recoge las medicinas que le da la gana, no las necesarias, porque el médico no tiene ni idea y lo que le ha recetado tiene muchas contraindicaciones y le van a fastidiar la vista y por ahí sí que no pasa. Intentas hacerlo entrar en razón, recordarle lo que los otros cinco médicos,  que consultó días atrás a cien euros la visita y has pagado tú, dijeron y su coincidencia. No sirve de nada, porque él ha hablado con su amigo Matías, que tiene un amigo al que le habían recetado lo mismo y le fue tan mal que murió a los dos días, camino del hospital. Ahora explica tú de qué murió le amigo de Matías.
Vamos al super a hacer la compra antes de que los niños salgan del cole y de paso compramos para papi. Que si la leche de calcio para su edad, que si los yogures de la tele para ir al baño, que si esta marca de nueces, que si el queso light, que si el aceite no es el de antes, ni los tomates, limones, patatas...; el "hija no sabes comprar", que para qué compras eso, que no comas tanto pescado que tiene anisakis pero compra estas hamburguesas que son de casa y buenísimas, etc, etc. Al llegar la caja la cesta está tan mezclada y se ha hecho tan tarde que claro, con su mísera pensión, lo mezclas todo, pagas y cargas con ocho bolsas hasta el coche, mientras dejas a tu progenitor discutiendo con la cajera por el precio de las bolsas plásticas. Con los brazos muertos por el exceso de peso, regresas al super, recoges el bastón del suelo y te las ingenias para ir sacando a tu padre poco a poco, imperceptiblemente, mientras señala con el indice a la cajera, a una señora de la fila y al reponedor de la sección de droguería. Ya en su casa, guardas cada cosa en su sitio, aguantas sus quejas y tras ver diez veces el reloj escuchas "Vete ya, ingrata, que ya sé que los viejos molestamos. Ya me haré algo de comer, aunque no sé qué". ¿Resultado? lo invitas a comer y te lo llevas a casa. Cuando has encendido la tele, le has subido el volumen para que se escuche en todo el barrio, has ido cuatro veces a ver a "esa chica tan mona" y conseguido guardar la compra, te das cuenta que te has olvidado de la mitad y no puedes hacer la comida. Intentas negociar con él para que no te acompañe y vuelves a oir su  "Desde luego, hija, cada día eres más desastre. Yo no he olvidado nada, para que digan que los viejos perdemos memoria. Vete, anda, vete y no tardes que luego en vez de comer parece que merendamos". Entras como una exhalación, coges lo estrictamente memorizado y buscas la caja menos transitada. No sé por qué pero siempre pasa lo mismo, basta que tengas prisa para que te metas en la más lenta. Al llegar, ves que tu padre se ha puesto cómodo, se ha servido un vino, abierto unas aceitunas y cortado algo de fuet dejando la cocina como un campo de batalla, y tras recoger se ha hecho tarde  para cocinar lo previsto y decides dejar cociendo patatas para un puré porque lo primordial es recoger a los niños. De camino, tu padre te hace partícipe de su temor a que los rusos invadan España, igual que ha pasado en Ucrania, te recuerda dos marcas de aceitunas mejores que las tuyas, que estaban muy saladas y la sal acaba con las arterias. Protesta por lo rápido que camino y lo mucho que hace que no ve a sus nietos, el Carlos y la Lourdes, "Lurdes, papá". "Pues eso es lo que yo he dicho, LO-UR-DES"
 

 
Y salen como potros salvajes, gritando, pidiendo, llorando, contando, como cotorras chillonas, que Alberto Monzón le cogió el lápiz y le rompió la punta, que Sergio Otero le pintó la mochila, que las sandalias de Cecilia Romero son preciosas y quiere unas iguales, que uno de tercero salió de clase y se fue a fumar al baño, que van a hacer una excursión para fin de curso y tengo que colaborar con el Ampa... ¡Y una mierda! (con perdón) es lo que me faltaba, ponerme a hacer manualidades con esa panda de chalados. ¡Ni muerta! Y es que cuando elegimos este colegio ni nos acordamos del Ampa, estaba cerca de casa, punto y ahora pagamos las consecuencias. Cargada con dos mochilas, dos chaquetas, el bastón, mi padre agarrado a mi brazo y con un ojo en los niños para que no se desmanden, rebusco en el bolso las malditas llaves de casa, que se esconden. Siento a mi padre en un banco, suelto el bastón, las mochilas, las chaquetas, saco el móvil, la cartera, las medicinas de la farmacia, que las olvidábamos, menos mal; unos papeles oficiales de la semana pasada, la caja de tampones... y allí al fondo, en la esquinita, están las llaves agazapadas. Ya en casa hay pelea por el mando, las aceitunas, el fuet, el vino que se ha caído al suelo y envío a los niños a cambiarse de ropa mientras cambio la copa, limpio el suelo, escucho a los niños pelearse y a mi padre "Estos niños están criados como salvajes, no como los de tus hermanos". Me vuelvo a la cocina y apuro para terminar la comida y sentar a todos a la mesa. El filete está poco o muy pasado; el puré, con tropezones; el agua, caliente y el vino picado. Cuando todos se van al salón, el sofá es para que el abuelo duerma la siesta y hay que ver los dibujos bajitos. Recojo la mesa, friego los platos y dudo entre dejar el suelo para que vivan los pájaros durante el mes siguiente o ponerme a barrer, mientas pido a los niños que griten bajito.
El abuelo se ha despertado y no encuentra el bastón que no usa, se ha quedado en la calle, olvidado y comienza la revolución. Mientras se lleva las manos a la cabeza, grita, acaba con la humanidad y sus posibles herederos, los niños se ponen de acuerdo para ver cual baja a por él, cojo las llaves y cierro la puerta de un portazo,  sin decir nada. Allí está el bastón, esperando. Me siento y respiro. Envidio su tranquilidad, la paz, el vacío de aquel banco y su amigo bastón. Envidio su esterilidad, su imposibilidad de descendencia y comienzo a entender eso de que todos llevamos un asesino dentro. Me acuerdo de Rosa, la borracas, de la que dicen se volvió loca y comenzó a tirar a sus ocho hijos por la ventana. Una asesina en serie, decían unos; llovían niños, decían otros. Si no hubiera olvidado a los viejos, sería mi heroína, añado yo.